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Envejecimiento Global y Ascenso del Mundo en Desarrollo



En menos de tres décadas, China tendrá 233 millones de personas mayores; aun antes, ya se sentirán los efectos del envejecimiento simultáneo del mundo industrial, Rusia y Europa oriental, y buena parte de América Latina. Paul S. Hewitt* explica en este trabajo cuáles serán las consecuencias.(1)

La tendencia demográfica es la causa fundamental de los peligrosos desfiladeros que estamos enfrontando

Ryutaro Hashimoto,
Ex - Primer Ministro de Japón


Ningún desafío dominará más ampliamente la evolución de las finanzas, la política y la sociedad del mundo durante el próximo medio siglo que los efectos del envejecimiento simultáneo de los países industriales más Rusia y Europa Oriental y, después de 2020, también de gran parte de Asia Oriental y América Latina. Este cataclismo forzará una reestructuración fundamental de las políticas sociales y comerciales del mundo desarrollado y desplazará el foco del dinamismo global a India, China y otros mercados en naciones emergentes.
Los efectos del envejecimiento global ya están entre nosotros. Pueden verse en el crecimiento irregular de Japón y Europa (causado, en parte, por el deterioro de sectores que atienden las necesidades de sociedades en crecimiento), la ansiedad cada vez mayor de Europa ante la inmigración y por haber entendido que, sin trabajadores, gran parte de la base impositiva se trasladará al exterior, y el aumento casi universal de las presiones del déficit, cuyo ejemplo más absoluto es el desplome de la calificación de los títulos de Japón. Sin embargo, no sentiremos toda la fuerza del envejecimiento mundial hasta comienzos de la próxima década; luego, es probable que domine el panorama geopolítico por un futuro indefinido. Para los líderes de la industria y la política será esencial entender estas tendencias y anticipar sus efectos para poder contener su potencial destructivo.

1. Disminuye el Crecimiento

Todo el mundo industrial ingresará en breve en una era de crecimiento lento y creciente inestabilidad fiscal que podría amenazar los mercados financieros mundiales y generar tensiones con un juvenil tercer mundo. El retroceso de la fuerza laboral reducirá directamente el potencial de crecimiento de las economías desarrolladas (el PBI no es más que el número de trabajadores multiplicado por la productividad media por trabajador). Mientras tanto, la despoblación señala la probable contracción de los mercados de productos en una amplia gama de sectores industriales, sin el beneficio de una demanda que la compense desde nuevos sectores. El gasto de consumo representa dos tercios del PBI en la mayor parte de las naciones industrializadas. La perspectiva de que se estanque o incluso que decline en el largo plazo trae consigo alarmantes inferencias para los beneficios, la inversión y el aumento de la productividad.
La población total de Europa oriental y occidental comenzó a contraerse en 1998 por primera vez en la memoria moderna. En Japón, el crecimiento demográfico se amesetó a fines de los noventa, previéndose su declinación a un ritmo creciente después de 2009. Según proyecciones de las Naciones Unidas, la población europea se contraerá un 17% entre 2000 y 2050, porcentaje que trepará al 38% para quienes se encuentren en la banda laboral (25 a 64 años). De modo similar, se espera que la población japonesa sea un 14% menor para mediados del siglo en tanto que, hasta entonces, la población en edad laboral se contraerá en un increíble 36 por ciento (2).
No hay patrones para medir los efectos económicos de estos movimientos; simplemente, no tienen precedentes. Un modelo elaborado por la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OECD) sugiere que, en ausencia de una mayor participación de la población de más edad en el mercado laboral, las tasas de crecimiento entre 2025 y 2050 promediarán el 0,6% anual en Japón y apenas el 0,5% en la Unión Europea de 15 naciones (EU-15). Por su parte, se proyecta para EE.UU. un crecimiento del 1,4% anual (3). Para los estándares actuales, es una anemia insufrible: Durante la llamada “década perdida” de los noventa, el crecimiento anual del PBI en Japón fue un robusto 1,74%.
La deprimente evaluación de la OECD (que no es, por cierto, una proyección del peor caso posible) se ve impulsada por la reversión de tendencias en las fuerzas laborales. En las últimas décadas, una base de empleo en expansión representó alrededor de la mitad del crecimiento económico en el conjunto del mundo desarrollado. A medida que las poblaciones en edad laboral se reduzcan luego de 2010, sólo los crecimientos sostenidos en la productividad total de los factores impedirá que las rentas nacionales también decaigan.
El supuesto central del modelo de la OECD es significativo: la productividad seguiría creciendo a un ritmo del 1,4% anual – aproximadamente el promedio registrado desde 1990. Según este escenario, las tasas de crecimiento económico luego de 2010 dependerán casi exclusivamente de los incrementos de productividad.
Un interrogante importante es si el envejecimiento y la despoblación también podrían deprimir la productividad. Por cierto, los trabajadores de mayor edad son alabados por ser más confiables que sus colegas más jóvenes. Muchos se retiran hoy al tope de sus carreras, y no hay duda que su permanencia en la fuerza laboral beneficiaría la productividad. Pero los trabajadores de mayor edad innovan menos y les cuesta adaptarse, y es menor la probabilidad de que inicien una empresa, se trasladen a otro lugar o cambien de carrera, todos estos factores importantes para incrementar la productividad laboral.
Por su parte, los inversores de mayor edad tienden a preferir instrumentos de deuda estatales “seguros” pero improductivos, en lugar de volcarse a las más productivas pero también más volátiles inversiones en sectores de alto crecimiento. Tampoco resulta claro si los empleadores o los administradores de carteras querrán invertir en mercados que pueden sufrir la perenne carga de un exceso de capacidad. Algunos analistas sostienen que la demanda total de las sociedades que se están despoblando seguirá creciendo, o al menos se estabilizará, si una productividad creciente crea poblaciones más pequeñas pero más ricas. Sin embargo, el consumo familiar tiende a declinar con la edad. Y los mercados con un número decreciente de consumidores frugales (que nuevamente trae a la memoria a Japón) no son destinos predilectos para la inversión.
La incertidumbre sobre futuras cargas fiscales, déficits y la calidad y cantidad de la mano de obra pueden combinarse con mercados en retracción y monedas cada vez más débiles para privar de inversiones y crecimiento de productividad a las sociedades despobladas. Las estrategias para sobreponerse a estos retrocesos serán esenciales para preservar la estabilidad nacional e internacional.

2. Déficits de Crecimiento

Cuando Japón y Europa ingresaron en el nuevo milenio, las cargas de la vejez parecían importantes pero no abrumadoras. Esto fue una ilusión. Gracias a la coincidencia de poblaciones bajas en los segmentos de jóvenes y ancianos, ambas áreas gozan hoy de los últimos rayos de un falso verano. Los porcentajes de estas poblaciones (61 y 62 por ciento, respectivamente) en lo que hoy se considera como años activos tradicionales son o se aproximan a los máximos históricos; sólo la mitad de los japoneses y europeos estarán para mediados de siglo en la banda de 20 a 65 años, alrededor del mismo nivel que en 1980. Para fines de la presente década la transición al envejecimiento estará en pleno auge a medida que la generación post-Segunda Guerra Mundial comienza a volcarse al retiro. Las cohortes más pequeñas que los reemplazarán en la fuerza laboral están destinadas a luchar contra desequilibrios presupuestarios que año tras año serán cada vez más inmanejables por el resto de su vida laboral.
La explosión de la dependencia de la tercera edad significará grandes problemas para la solvencia fiscal en todo el mundo industrializado – y posiblemente también para las finanzas mundiales.
La generalizada subestimación de los costos surge de una combinación de supuestos optimistas que consideran aberrantes las tendencias a largo plazo. Los países desarrollados suponen de manera generalizada que en el futuro habrá menos aumentos de longevidad, más nacimientos por mujer, mayor participación de la fuerza laboral, menor inflación de gastos de atención médica y menos desempleo estructural que en décadas recientes. Por más plausibles que puedan parecer estos cambios tomados individualmente, es poco probable que se combinen entre sí (o sin cambios legislativos significativos).
Las perspectivas de escasez de personal para atención sanitaria y crecientes costos en medicamentos recetados dan, además, poco sustento al supuesto generalizado de que en poco tiempo se podrá controlar la inflación médico-asistencial. Entre 1970 y 1999 los costos de salud en Bélgica, Francia, Japón, Noruega y EE.UU. crecieron en promedio al menos 2% más que el PBI; y para el mundo desarrollado en general, este aumento de costo “excedente” creció un promedio del 1,2% anual. La inflación médica se aceleró desde 1999 en casi todos los países desarrollados. Si se aplica el supuesto de un crecimiento promedio de 1% para el costo “excedente” (regla de estimación recientemente adoptada por EE.UU.), esto sumará al gasto público de una nación desarrollada típica más del 5% del PBI para 2050.
Esto podría ser apenas una mala noticia para las economías más directamente afectadas de no ser por el hecho de que la subestimación es muy común en países que en conjunto dan cuenta de la mayor parte del PBI mundial. Japón y la Unión Europea no son economías marginales como Argentina, Rusia y Turquía cuyas crisis financieras sacudieron, pero no destrozaron, en años recientes a los mercados financieros. Si no se hace nada, los déficits del sistema de pensiones en los países de la OECD podrían consumir para mediados de la década de 2030 las existencias mundiales de ahorro en el mundo desarrollado. Según estimaciones de la CSIS, los pasivos de los sistemas de salud igualan a los de las pensiones. Por lo tanto, los costos del envejecimiento podrían crear una grave amenaza para los mercados mundiales hacia mediados de la década de 2010.

3. Más Globalización

El envejecimiento del mundo industrializado brinda un poderoso argumento a favor de la globalización. La integración con economías en desarrollo puede fomentar la productividad permitiendo a países con fuerzas laborales en retroceso especializarse en actividades con altas remuneraciones. Las inversiones transnacionales permitirán a los jubilados de economías con poco crecimiento participar en los exuberantes beneficios de los mercados emergentes. Y la inmigración permitiría a los empleadores aliviar las limitaciones en la fuerza laboral en todos los niveles de especialización. Sin embargo, sigue siendo cierto que los mercados globales son mecanismos de transmisión de conmociones que pueden amplificar los desequilibrios fiscales y, mientras tanto, convertir en pasivos estratégicos las promesas de beneficios para la vejez. Los golpes económicos y financieros, a su vez, tienen el potencial de minar el apoyo para la globalización tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en desarrollo.
A medida que la era del desempleo involuntario llega a su fin hacia fines de la presente década en todo el mundo desarrollado, se invertirá la lógica del proteccionismo comercial (y gran parte del actual derecho laboral). En la nueva era de la escasez de mano de obra, la simple creación de puestos de trabajo será una señal de debilidad económica. Las naciones que protegen o subsidian a sus sectores menos eficientes (como por ejemplo la agricultura a pequeña escala) socavarán su capacidad de financiar los beneficios a la vejez. En lugar de ello, los beneficios en la producción por trabajador – es decir, la productividad – será la medida del éxito por la que se juzgará a las sociedades en proceso de envejecimiento.
Las naciones desarrolladas financiarán mediante el ahorro una creciente cuota de sus pasivos jubilatorios. Una porción de estos ahorros se invertiría en naciones del tercer mundo con grandes fuerzas laborales y baja productividad, donde la infusión de capital y tecnología pueden generar rendimientos desmedidos. Estos rendimientos se remesarían para ser compartidos con los pensionados del mundo desarrollado. De este modo, los ancianos seguirían siendo mantenidos por los jóvenes – sólo que a través de lqs fronteras.
Por último, en los países en los que la oferta de mano de obra constituye un problema, las políticas que favorecen la inmigración podrán reducir el riesgo de disponibilidad de trabajadores para empresas que contemplen expandirse. Es importante tomar en cuenta que la inmigración puede también actuar contra la inflación de salarios en el sector de salud que es intensivo en mano de obra, y donde una demanda explosiva hará aumentar casi seguramente los precios. Los beneficios de estas políticas no se limitan exclusivamente a las naciones desarrolladas. Nuevas investigaciones en EE.UU. indican que la inmigración fomenta la productividad y el crecimiento del PBI tanto en las naciones desarrolladas como en las del tercer mundo, estimulando las relaciones comerciales transfronterizas y las transferencias del ingreso privado (una forma de ayuda exterior a la que raramente dan el debido reconocimiento los defensores del desarrollo).

4. El mundo en 2030

El envejecimiento mundial inyecta vastas incertidumbres en el orden global en una escala acaso no vista desde 1930. Sin duda, las ideologías armadas volcadas a abolir la propiedad privada han demostrado estar quebradas intelectual y moralmente. Pero se están preparando otros experimentos peligrosos. La creencia del Islam radicalizado que los valores religiosos y culturales exigen una Guerra Santa para destruir y expulsar las influencias seculares de la globalización vuelven a convocar la oscura visión de George Orwell de una ‘guerra permanente’. Y el creciente desempleo que habrá de afligir a gran parte del tercer mundo en los años por venir ofrecerá inevitablemente un terreno fértil para otros movimientos nacionalistas e ideologías anti-globales. Es irónico que así como los países desarrollados se ven forzados a confrontar el fin del desempleo dentro de sus fronteras, el desempleo en el exterior presenta nuevas amenazas de inestabilidad.
Todo esto sugiere que el futuro dependerá en gran medida de la calidad del liderazgo mundial en las crisis presupuestarias y de política exterior que ahora nos confrontan. Un escenario plausible para el mundo de 2030 es de una globalización muy expandida, espoleada por un desarrollo acelerado en el tercer mundo; donde una amplia coalición de naciones jóvenes y viejas protegen el sistema global; donde la ciencia médica permite a la gente llevar vidas productivas y creativas hasta los 100 o más años; y donde una marea creciente de tecnología del mundo desarrollado impulsa el ascenso de todas las economías. Pero igualmente posible es una nueva Edad Oscura en la que los estados benefactores en colapso han minado el orden político y financiero mundial; en el que las sociedades viejas y jóvenes se miran unas a otras con recriminación, sospecha y odio ideológico; en el que los aumentos de longevidad se han revertido; y en el que el tercer mundo se encierra tras muros proteccionistas destinados a impedir la entrada de los productos y las crisis financieras del mundo envejecido.
En 2030, los ancianos de China sumarán 233 millones – más que las poblaciones de Europa Oriental y China juntas. Otras naciones en desarrollo afrontarán desafíos similares, aunque menos desalentadores. La población anciana de India, en rápido crecimiento, alcanzará los 133 millones en 2030; 28 millones en Indonesia; 27 millones en Brasil; 15 millones en México. En las naciones en desarrollo la población de más de 65 años será más del doble de la del mundo industrializado. Este reto económico y social compartido puede unir al mundo en una búsqueda de paz y prosperidad, o arrojarlo a los tumbos al abismo. Apenas puede percibirse gran parte de lo que nos depara el futuro. Sin embargo, el envejecimiento asoma amenazante y muy claramente como la fuerza tectónica a cuyo alrededor girarán las grandes opciones del siglo veintiuno.


* Director, Global Aging Initiative, Center for Strategic and International Studies Washington, D.C. , EE.UU.
(1) Este artículo es un resumen del documento original publicado en The Geneva Papers on Risk and Insurance (Vol. 27, No. 4, Octubre 2002 – pgs. 477 a 485). El texto completo puede solicitarse a secretariat@genevaassociation.org
(2) Naciones Unidas. World Population Prospects: The 2000 Revision (New York: Naciones Unidas, 2001).
(3) Dave Turner, Claude Giorno, Ann De Serres, Ann Vourc’h, y Pete Richardson, “The Macroeconomic Implications of Ageing in a Global Context” (Economics Department Working Papers, No. 193, OECD, Paris, 1998), Tabla 3, p. 47.

 
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