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Ciclo Económico y de Actualidad Regional del IAE



Continuamos publicando las disertaciones ofrecidas en el marco del Ciclo Económico organizado por el Instituto de Altos Estudios Empresariales (IAE), de la Escuela de Dirección y Negocios de la Universidad Austral, que cuenta con el auspicio de la reaseguradora XL Re Latin America. En esta oportunidad, presentamos la conferencia dictada en octubre de 2011 por el Dr. Enrique Szewach.


Cuando me pidieron que hablara sobre innovación a mí, que hago macroeconomía coyuntural e institucional, con diseño de escenarios estratégicos, la verdad es que no sabía muy bien qué decir. Obviamente, intenté ver la cuestión desde mi especialidad. Lo que hice fue aprender sobre este tema que no conozco tanto y traté de analizarlo desde lo que sí conozco en profundidad. Afortunadamente, creo que tienen mucha relación.
En primer lugar, déjenme hacer referencia a dos mapas, uno de la India y otro del reino de Ladakh, en la frontera con Tibet, una zona bastante conflictiva de India. Pensando en este reino, que a primera vista parece muy primitivo, podemos observar la innovación y crecimiento de India, porque por ejemplo, los burros, que solían ser animales de carga, de trabajo, fueron reemplazados por camiones. Como en India no pueden matarse animales, por cuestiones religiosas, los burros han sido liberados y son animales no ya de trabajo sino que pasean libremente por la ciudad. La innovación tecnológica ha reemplazado los viejos métodos de producción. La India es la democracia más grande del mundo en crecimiento y, junto con otros países asiáticos, la prueba más acabada del éxito de la globalización, ya que es la zona del mundo donde más gente ha salido de la pobreza en las últimas décadas.
En esta historia, nosotros podemos pensar dónde estamos parados. Dentro del índice de competitividad que elabora el World Economic Forum, hay un subíndice que se denomina innovación. Según este índice, el polo de mayor competitividad está en Suiza, Suecia y Japón. El primer país latinoamericano que aparece es Brasil, en el puesto 35, de un total de 147 países, el segundo que aparece es Chile, luego viene Uruguay, seguido por Argentina y más tarde, Perú. Nuestro puesto es el 77, no muy bueno.
Hay otro ranking de innovación elaborado por el Insead, con la OECD, en el cual el podio sigue siendo de Suiza, Suecia y Singapur. Chile desplaza a Brasil, en el puesto 38 de este índice que es un poquito más viejo, seguido por Brasil, Argentina y Uruguay. Aparecemos más arriba -en el puesto 58- porque el índice contempla menos países.
Por último, veamos otro índice elaborado por Business Week, con Standard and Poor’s, acerca de las cincuenta empresas más innovadoras del mundo. De estas empresas, treinta y tres son norteamericanas, la mayoría vinculada a la industria de la informática, cuatro empresas de Gran Bretaña, cuatro de Japón, dos de India, una holandesa, una coreana, una de Singapur, dos de Alemania, una de Canadá y una finlandesa. Lo curioso es que en este ranking no encontramos ninguna empresa suiza ni sueca. Esto nos dice que hay cuestiones que tienen que ver con un clima innovador y otras con el tamaño de las empresas y su vinculación global. Algo que sí queda claro es que no hay ninguna empresa latinoamericana y mucho menos argentina.
Estos son los datos puros que nos muestran que desde el punto de vista de la percepción, Latinoamérica no está entre los primeros y que Argentina está bastante lejos. A partir de estos números, tenemos que hacer algún diagnóstico. Por eso, quiero empezar por hablar de macroeconomía y vincularlo con el ambiente que genera.
Argentina viene de un largo período de competitividad cambiaria, es decir: hay problemas de costos que aumentan la presión sobre las empresas, frente a lo cual la salida habitual es una devaluación que devuelve competitividad. En general se recurre a una receta para compensar los problemas de competitividad no de las puertas de las empresas para adentro y con ambientes favorables al cambio, sino con salidas exógenas. Esto hoy se hace más difícil, en primer lugar, porque ha cambiado la situación internacional y el escenario de competitividad cambiaria que antes era individual, aislado, hoy es un escenario de devaluación del dólar, por lo cual es más fácil ganar competitividad cambiaria, porque lo que está devaluando es “el metro”, la moneda de reserva, por lo tanto, todo es más caro en dólares, estemos donde estemos.
Un escenario de dólar débil hace complicado, entonces, tratar de ganar competitividad con devaluaciones. Con todo respeto por los pocos amigos que me quedan en el BCRA, la política cambiaria no la maneja el presidente de esa entidad, sino el emisor de nuestra moneda de reserva, que es el dólar, ya que los depósitos del sistema financiero argentino son transaccionales y el sistema financiero es el 10% del PBI -la mitad de lo que era en los 90. Como sus prioridades pasan por EE.UU., ha decidido que tiene que devaluar, para tener un dólar débil, por problemas de política interna, aun a riesgo de sacrificar su importancia como moneda de reserva.
Quien emite la moneda de reserva tiene un monopolio no ganado legalmente sino impuesto por la preferencia; cuando uno empieza a devaluar la moneda, pone en riesgo el monopolio. La gran ventaja de la Reserva Federal es que tiene poca competencia, porque cuando miramos las condiciones que debe tener una moneda de reserva, de amplia liquidez y aceptación nacional, profunda en términos de esquema, con seguridad jurídica de instituciones de respaldo, no hay muchas alternativas. El euro no tiene una estabilidad institucional que la respalde, la moneda china no es convertible y no tiene instituciones financieras detrás, con instituciones políticas que nadie sabe bien de qué se tratan; el oro tiene un mercado chico y es difícil hacerlo líquido. En este contexto, si devalúa el dólar es muy difícil ganar competitividad cambiaria, porque, otra vez, es remar contra la corriente del emisor de la moneda de reserva.
Ahora analicemos qué han hecho los países en este contexto. En primer lugar, hay que tener en cuenta que en un mundo globalizado es fácil competir. Eso sí, es necesario tener un costo de capital bajo y salarios altos, o costos de salarios bajos y costos de capital altos o tener costos de capital y de salarios bajos. Los ejemplos abundan: China, ejemplo, es un país con bajo costo salarial y alto costo de capital; Alemania tiene altísimos costos del trabajo, pero bajos costos de capital, como EE.UU.; y los países de la región entraron en este camino. Algunos, como Chile, Perú y Colombia bajaron los costos de capital reduciendo todo el riesgo que significa operar en la moneda local, dieron seguridad jurídica e hicieron crecer el mercado de capitales local.
Otros países de la región -Brasil como caso típico- lo han compensado dando escala, con más ingreso de capitales, incentivando la importación de nuevas tecnologías y tienen el comercio administrado para los sectores más complicados.
El caso argentino es un poco más complicado, porque las etapas populistas en nuestro país son aquellas en las que se sube simultáneamente el costo del trabajo y el costo del capital y entonces llega un momento en el cual se llega a importantes problemas en la competitividad, porque no hay espacio para mejorar el esquema, entonces se empiezan a incorporar compensaciones, la primera de las cuales, en el caso actual, ha sido la escala. Argentina tuvo una mejora de escala importante por el aumento de actividad desde 2003. Cuando se acaba la escala empiezan las restricciones, al comercio y todas las que ya conocemos. No hay forma de convivir con este esquema a menos que uno se aísle del resto del mundo.
Schumpeter consideraba a la innovación como una de las mejores herramientas para generar rentas monopólicas. Suena mal, pero justamente, lo que da la innovación es -por un período de tiempo- una renta monopólica para quien ha logrado la innovación. Visto como clave del progreso, muestra que un país que no tiene innovación está estancado, porque para crecer hay que crear un cierto diferencial con los competidores. Un innovador es alguien que logra pasar del invento a la innovación, lo que implica aprovechar un mercado y sacarle una renta.
Aquellos que sobreviven en esta clase de escenarios son quienes pueden compensar con innovación o con otras cuestiones, las pérdidas de competitividad. Obviamente, como hay poco clima innovador, se buscan rentas monopólicas de forma legal -las restricciones, la devaluación- pero lo cierto es que desde el punto de vista del esquema, la innovación representa una salida muy importante a la pérdida de competitividad.
Es muy difícil innovar en marcos macroeconómicos adversos, porque al lado de una innovación hay dos cosas: recursos humanos de mucha calidad, por supuesto, y mercado de capitales. No se puede convertir un invento en una innovación sin un mercado de capitales y no hay manera de tener un mercado de capitales en un contexto macro, en el cual se desalienta la formación de capital. Tenemos un marco adverso desde el punto de vista de la política monetaria mundial, hemos subido los costos del trabajo y del capital simultáneamente y por lo tanto, estamos frente a un serio problema de clima de innovación.
Ahora voy a analizar una serie de números para ratificar lo que acabo de decir. Si miramos la inflación en dólares y en moneda local del último año en cuatro países de la región, la variación del tipo de cambio nos da alrededor del 20%. Esto nos habla de cuánto cayó el dólar a nivel mundial. Frente a esto, se puede elegir la devaluación, apreciando la propia moneda, lo cual trae baja inflación local y permite compensar la devaluación del dólar. Esto es lo que hicieron Brasil, Uruguay y Chile. Argentina, por el contrario, recurrió a la inflación, devaluando la moneda, para poder subir los costos del trabajo.
Los países que apreciaron sus monedas hoy tienen margen para devaluar, sin aumentar los costos, como Brasil. Pero si se estuvo devaluando cuando había que revaluar, como hizo nuestro país, se acentúa el problema. Este es el problema de la macro argentina que, en un contexto de desaliento a la formación de capital y al ahorro, es complicado.
El único sector que se ha salvado de esto es el agrícola y más precisamente el sojero, porque viene de un contexto de gran innovación, ya que las décadas de los 80 y 90 vieron una extraordinaria evolución productiva en el campo, primero con la siembra directa y luego con la incorporación de semillas genéticamente transformadas, además del cambio en la organización en la producción, que surgió de los dos anteriores.
Los macroeconomistas hemos subestimado este sector, en general, prestando atención sólo al efecto precio, sin mirar los volúmenes. Cuando miramos al campo en serio, surge una especie de trípode que nos ratifica la importancia de la innovación. Todo esto se dio en un contexto de presión de competitividad, inmediatamente después vino la incorporación de las semillas transgénicas, producto de un espacio favorable a la transmisión de tecnología. En tercer lugar hubo una estabilidad económica sin restricciones a la exportación, con estabilidad de precios y estabilidad macro, al menos por un tiempo. En cuarto lugar, también estuvo el azar, porque las semillas transgénicas no se diseñaron para Argentina sino para EE.UU., lo que pasa es que la casualidad quiso que la morfología de esos terrenos fuera muy parecida a la de los nuestros, con lo cual la adaptación fue inmediata. Finalmente, hubo también, al menos transitoriamente, cierto esquema de derechos de propiedad o de patente.
Desde 1996 no se adoptan nuevas tecnologías en el campo, básicamente por un tema de propiedad intelectual. Por eso la última tecnología que ya entró y se empieza a aplicar en 2012 todavía no llegó a nuestro país. La innovación funciona -nuevamente- en la medida en que exista el clima para que prospere y deriva también de innovaciones previas.
El mercado ha tenido un cambio de precios a su favor, lo cual le ha permitido no sólo progresar sino también soportar una presión impositiva del tamaño que significa el 35% a la exportación. Todo esto también ha implicado la discriminación de las empresas locales, porque quien puede traer capital tiene una ventaja muy grande con respecto al empresario local.
Para concluir, voy a contarles una pequeña historia que creo que grafica muy bien lo que estoy tratando de transmitirles. En estos días, el diario La Nación publicó una serie de artículos sobre la comunidad china en Buenos Aires. Una de las cosas que siempre me intrigó es saber cuál es la ventaja competitiva que puede tener un chino para poner un autoservicio en Buenos Aires, cuando se abren veinte por mes. Los almaceneros locales siempre se quejaron respecto de la instalación de los grandes supermercados y de hecho hay dos leyes que restringen esto; sin embargo, el pequeño comercio chino prospera.
Lo primero que tienen es una red que les facilita el know-how, casi como si fuera una franquicia. Esto es parcial, porque no es exclusivo de la colectividad china, pero sí tienen una descomunal tasa de ahorro, lo cual facilita que vengan con capital y bajos costos de capital. Esto ya representa un diferencial. El otro es que, al trabajar toda la familia, no tienen costos laborales. De pronto se descubren así las tres ventajas comparativas que los hace más competitivos: una network, que les permite transferir tecnología muy rápidamente, bajísimos costos de capital y bajísimos costos de trabajo. Lo opuesto a nuestra realidad.
Cuando le conté esto a mi hija menor, que tiene catorce años, me dio el corolario de todo diciéndome: “¡Ah, por eso los argentinos ponen kioscos!”. El kiosco es el mismo negocio, pero tiene una escala mucho más chica, es decir que no necesita de los costos de capital que tiene una superficie como las de los autoservicios, no tiene costos laborales, porque puede trabajar el dueño, no necesita la network. Me parece que el problema de Argentina es cómo armar el escenario macro para pasar del kiosco al mercado.

 
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